Entrevista a Ignasi Millet: una vida entre juguetes y museos estudiando la memoria de los objetos

Ignasi Millet i Ventura Pons

Ignasi Millet es una de aquellas figuras que difícilmente se pueden entender desde una única disciplina. Hijo de un entorno profundamente vinculado al arte y a los oficios, creció rodeado de materiales, herramientas y sensibilidad artística, en un contexto que marcó de manera decisiva su relación con la materia y los objetos. Este bagaje inicial derivó en una vida dedicada tanto a la creación como a la preservación, siempre con una mirada atenta puesta en el valor de los materiales y en la historia que contienen.

Su trayectoria se ha construido sobre dos grandes ejes que, lejos de ser paralelos, se cruzan constantemente: por un lado, la creación de juguetes de madera y hojalata, un oficio que él mismo describe como un ejercicio de memoria y diálogo con la infancia; por otro, la conservación del patrimonio en el ámbito museístico, donde ha desarrollado una carrera de gran rigor y reconocimiento profesional. En este segundo ámbito, Millet trabajó en instituciones de primer nivel, participando en la conservación de colecciones de gran relevancia internacional y colaborando con espacios de máximo prestigio, como el Museo del Prado de Madrid, el MNAC de Barcelona o el Museo Reina Sofía de Madrid, entre otros proyectos destacados.

Paralelamente, su vida también ha estado marcada por vínculos personales con figuras destacadas de la cultura catalana. Entre estas relaciones, destaca su profunda amistad con el cineasta Ventura Pons (DEP), con quien mantuvo una relación de complicidad y amistad a lo largo de los años. Fruto de esta amistad y de la excentricidad de ambos, Ventura Pons llevó a la gran pantalla la película documental Ignasi M, que obtuvo numerosos premios y reconocimientos en festivales nacionales e internacionales.

A nivel personal, su biografía también está atravesada por diversas dificultades de salud a lo largo del tiempo, con una última etapa marcada por complicaciones derivadas del VIH, que han tenido un impacto acumulativo en su estado físico y en su manera de afrontar la cotidianidad.

En esta entrevista, nos acercamos a su experiencia vital y profesional desde esta intersección entre creación, preservación y resistencia, donde los objetos se convierten en testigos silenciosos de una vida dedicada a darles continuidad.

¿Ignasi, cómo definirías tu recorrido profesional?

Me definiría como una persona polifacética, con un recorrido profesional muy diverso. Siempre he tocado diferentes ámbitos y oficios, guiado sobre todo por la curiosidad y por el hecho de hacer aquello que me gusta. Esta trayectoria tiene una base clara: el amor por el arte que he heredado de la familia y un interés especial por las materias primas, por todo aquello que se trabaja con las manos y que conserva su esencia. Eso es lo que ha dado coherencia a un camino aparentemente muy variado.

¿Cuál ha sido el momento más representativo de tu trayectoria profesional?

Si tuviera que destacar un momento culminante de mi trayectoria profesional, sería la etapa vinculada al Fórum de las Culturas de Barcelona, entre 2004 y 2005. Fue un período de máxima responsabilidad, en el que lideré un equipo de cuarenta personas dentro del área de conservación de las exposiciones. De entre todos los proyectos, el que más me marcó fue el trabajo con Los Guerreros de Terracota de Xi’an, una exposición formada por más de 300 piezas, expuestas en tres grandes ciudades: Barcelona, Madrid y Valencia, durante el período de un año, y posteriormente, devueltas a China.

Fue una experiencia especialmente significativa, no solo por la magnitud y la calidad de las piezas de terracota, bronce, jade, piedra, madera, oro y cerámica vidriada, sino también por el valor simbólico y patrimonial que representaban. Estamos hablando de piezas de la dinastía Qin, bajo el mandato de Qin Shi Huang, primer emperador (246–210 a. C.), y que da nombre a la China actual. Aquel proyecto me permitió entender de cerca cómo el patrimonio cultural puede trascender fronteras y generar una conexión entre culturas diferentes.

¿Qué representa la madera para ti?

Para mí, la madera es, ante todo, un material vivo. Es una materia prima que, incluso con el paso de los años, conserva una esencia propia que no se puede alterar. Podemos trabajarla, tornearla, darle formas diversas, pero en el fondo nunca deja de ser aquello que era en origen. Esa autenticidad es lo que más me atrae: el hecho de poder transformarla sin perder su naturaleza.

Mi relación con la madera también es profundamente personal. Viene de la infancia, de ver a mi padre trabajando como escultor y pintor, y a mi madre como pintora, ambos creando arte con sus propias manos, herramientas manuales y materias primas, dando forma a la materia y transformándola en expresión artística. De ahí nace, en buena parte, mi sensibilidad hacia la madera, los materiales y el valor del trabajo hecho con las manos.

Ignasi Millet - coche

¿Qué te ha aportado la tornería de madera?

La tornería de madera me viene de muy pequeño, prácticamente de casa. Mi padre trabajaba con un taladro eléctrico, y en aquel momento apareció un accesorio que permitía convertirlo en un torno. Aquella idea me fascinó. Con unos diez años ya empezaba a tornear en el taller con él, aprendiendo de manera muy práctica, observando y también equivocándome mucho. Era una tornería muy básica, pero suficiente para entender que, con las herramientas adecuadas y la madera bien centrada, podía hacer casi cualquier cosa.

Para mí, la tornería no solo fue una herramienta de aprendizaje, sino también una puerta de entrada al mundo del juguete y de la creación. Me permitía pasar de formas simples a objetos complejos, con vida propia. Al mismo tiempo, siempre me ha despertado mucho respeto: es una técnica precisa, incluso peligrosa, pero a la vez fascinante, porque de un simple bloque de madera en movimiento puedes llegar a crear formas completamente nuevas.

Después de todos estos años, ¿por qué decidiste formarte en tornería de madera?

Con los años he entendido que había llegado el momento de volver a la tornería de otra manera, con más conciencia, más rigor y ganas de aprender. Formarme de nuevo en este oficio me ha permitido perfeccionar técnicas que ya conocía, descubrir otras nuevas y ponerme al día tanto en herramientas, materiales, y procesos de trabajo. Sobre todo, me ha reafirmado en una idea que siempre me ha acompañado: trabajar la madera es un oficio que exige respeto, precisión y aprendizaje constante.

Ignasi Millet 3

¿Qué te llevó a dedicarte a fabricar juguetes de madera?

En mi caso, la elección de los juguetes no es casual. Creo que tiene mucho que ver con mi infancia. En casa, en los años sesenta, no había muchos juguetes; solo llegaban por Reyes y a menudo no eran exactamente los que uno deseaba. De alguna manera, aquello que no he tenido es lo que más me ha inspirado, y yo siempre tuve una atracción especial por los juguetes de madera, que eran precisamente los que no eran habituales.

Con el tiempo, esto se convirtió también en una decisión consciente. Me interesaba trabajar con una idea de juguete más pedagógica, coherente con unos valores. Siempre he sido muy crítico con cierto tipo de juguetes modernos, como los que dependen de pilas, materiales plásticos, o sistemas artificiales, y en cambio he buscado siempre materiales naturales, sencillos y honestos. Los juguetes de madera, en este sentido, me permitían trabajar con una coherencia entre lo que creo y lo que hago.

¿Cuál era tu fuente de inspiración para la creación de juguetes?

Mi inspiración venía de diversas fuentes. En primer lugar, de libros y catálogos antiguos de juguetes, sobre todo de principios del siglo XX, de los años 1910 o 1920, y también de la historia del juguete en Cataluña. Aquellos modelos me daban ideas de formas básicas y soluciones muy sencillas pero muy bien pensadas.

En segundo lugar, me inspiraba mucho el juguete popular, que tenía un carácter muy artesanal y directo. Y finalmente, una parte importante venía de los encargos. La gente me pedía piezas concretas —camiones con logotipos, trenes, figuras— y eso me hacía adaptarme y buscar soluciones creativas a medida. Recuerdo, por ejemplo, haber hecho trenes inspirados en los Ferrocarriles de la Generalitat, o camiones personalizados con nombres y marcas. Esta combinación entre tradición, documentación y demanda real es lo que marcaba mi proceso creativo.

Ignasi Millet - Catálogo

¿Hay algún juguete de madera con el que te identifiques especialmente?

Sí, hace muchos años hice una serie de aviones de madera. Uno de ellos formó parte de la infancia de mi hijo. Lo recuerdo perfectamente porque lo veía jugar con él a menudo. Era un juguete muy sencillo, con un muelle que permitía colgarlo y ver cómo se elevaba, pero tenía una gran capacidad de atracción para un niño.

Ignasi Millet - avión

Con el tiempo, mi hijo se fue a estudiar a Londres, pero aquel juguete ha seguido presente de alguna manera en mi vida, porque él todavía lo conserva, y porque forma parte de su historia. De hecho, hoy en día todavía existe, aunque solo le faltan pequeños elementos, como alguna pieza del tren de aterrizaje. Para mí, ese juguete representa muchas cosas a la vez: la sencillez del proceso de construcción, la relación con la madera torneada y, sobre todo, el vínculo emocional con mi hijo y con el paso del tiempo. Es una pieza muy sencilla, pero con un significado muy profundo.

¿Cómo ves el papel de la artesanía en la sociedad actual?

Creo que la artesanía, tal y como la hemos entendido tradicionalmente, ha sufrido mucho el impacto de la globalización. Se han perdido muchos oficios porque no ha habido relevo generacional. Oficios como el cestero, el fabricante de sillas o incluso algunos vinculados al juguete artesanal han ido desapareciendo, y eso ha ocurrido en gran parte porque no es fácil mantenerlos económicamente. Para vivir de esto, a menudo hay que estar produciendo constantemente mientras también vendes el producto, y eso hace muy difícil mantener un trabajo artesanal pausado y de calidad.

A eso se suma la llegada de producto fabricado en masa en otros países, a menudo a precios muy bajos, que ha desplazado la artesanía local. El problema es que eso ha cambiado también la percepción del valor: muchas veces se prioriza el precio por encima de la calidad o del proceso, y eso ha debilitado mucho el sector.

¿Qué valor crees que tiene una pieza hecha a mano hoy en día?

El valor de una pieza hecha a mano hoy en día es, en gran parte, el que seamos capaces de transmitir y darle. No es solo una cuestión material, sino emocional y narrativa. Si te enamoras de la pieza que has creado y sabes explicar esa pasión, ese vínculo, y eres capaz de hacer entender su valor real. En cambio, si no tienes esa capacidad de comunicación o no se cree profundamente en lo que se está haciendo, difícilmente la pieza tendrá recorrido.

Para mí es esencial que el artesano esté conectado emocionalmente con su obra. Tiene que sentirse orgulloso de lo que hace, porque ese orgullo es lo que después se transmite. El valor no está solo en la pieza acabada, sino en todo el proceso y en la historia que hay detrás. También hay un aspecto interesante en el límite entre juguete, objeto artístico y pieza de coleccionismo. Cuando una pieza conserva huellas del proceso —cuando se ve la mano, la técnica, incluso la imperfección—, eso a menudo incrementa su capacidad de ser apreciada. Al final, el valor depende del relato que se construye a su alrededor y de cómo este se defiende a través del propio trabajo.

Ignasi Millet

¿Qué consejos darías a alguien que quiere empezar en este mundo?

El principal consejo que daría a alguien que quiera empezar en este mundo es que conozca muy bien el oficio y que se forme a fondo. Es importante perfeccionarse constantemente y entender bien las bases de lo que se quiere hacer. Sobre todo, creo que hay un elemento clave; hay que amar el oficio. Hay que amar aquello que queremos aprender a hacer. Solo desde ese vínculo podemos tener la constancia y la sensibilidad necesarias para mejorar y acabar haciendo un buen trabajo.

También has sido docente. ¿Qué te ha aportado la relación con los estudiantes?

La docencia me ha aportado, sobre todo, una cosa muy clara: no se pueden decir mentiras. Enseñando, me he dado cuenta de que solo puedo explicar aquello que realmente he vivido y que domino, porque si no, antes o después, eso se nota. También me ha hecho ser muy consciente de la importancia de la autenticidad. Lo que explico tiene que tener coherencia con mi experiencia personal y con la manera en que lo he trabajado. En este sentido, la docencia exige rigor y honestidad constante.

Ignasi Millet - bicicleta

A lo largo de tu vida has afrontado diversas enfermedades. ¿Cómo han influido en tu manera de ver el mundo y tu trabajo?

Soy una persona que intenta mantenerse positiva, aunque he pasado por situaciones de salud complejas a lo largo de mi vida. En mi caso, el diagnóstico de VIH en una etapa relativamente joven tuvo un impacto psicológico muy fuerte en un primer momento. Con el tiempo, la situación se complicó por las consecuencias del tratamiento y la medicación intensiva, especialmente en las primeras etapas, cuando todavía no había tanto conocimiento como ahora.

Todo ello ha tenido un impacto evidente en mi energía, en mi estabilidad física y también en el dolor del día a día. Pero también me ha obligado a tomar una decisión sobre cómo vivirlo: si quedarme parado o continuar activo dentro de mis posibilidades. En este sentido, he intentado siempre no dejar que la enfermedad definiera completamente mi vida ni mi trabajo, y adaptarme para poder seguir haciendo aquello que me apasiona.

¿Qué te gustaría que la gente entendiera de tu trayectoria?

Me gustaría que la gente entendiera que mi trayectoria, tanto personal como profesional, ha estado marcada por una actitud polifacética, poliédrica, vital y positiva, incluso en momentos difíciles. Siempre he intentado mantener el humor y hacer reír a los demás, porque creo que eso ayuda a no quedarse atrapado en el sufrimiento o la culpa. También me gustaría que se viera que, a pesar de las circunstancias, he intentado seguir activo y continuar creando, haciendo y ayudando siempre que he podido.

En el fondo, lo que me gustaría que quedara es la idea de una persona que, con sus limitaciones y dificultades, ha intentado vivir con sentido, con humor y aportando el máximo posible a los demás.

Y finalmente, ¿qué crees que te queda por hacer?

Creo que lo que me queda por hacer es terminar de desarrollar un proyecto personal centrado en la creación de juguetes y piezas de madera y hojalata reciclada. Quiero poder seguir trabajando, pero sobre todo desde el placer de hacerlo, no con el objetivo de ganar dinero.

Me he marcado una etapa de doce años, aproximadamente entre los 66 y los 78 años. Si la salud me lo permite, me gustaría culminar este proyecto personal con calma y disfrutando en todo momento y plenamente de aquello que hago. Todo ello se inscribe en una manera de entender el trabajo que se mueve dentro de un juego de palabras y significados entre arte, manos y objeto, o dicho de otra manera, artesanía como expresión viva y consciente del hacer. Es una manera de cerrar un círculo y, al mismo tiempo, de seguir creando, que es lo que siempre he hecho.

La trayectoria de Ignasi Millet dibuja un hilo continuo entre la creación y la conservación, entre aquello que nace de las manos y aquello que se preserva del tiempo. Sus juguetes, igual que las piezas que ha ayudado a conservar en museos, hablan de una misma idea esencial: la voluntad de dar permanencia a aquello que, por naturaleza, es frágil. En su caso, el oficio no es solo una profesión, sino una manera de estar en el mundo, marcada por la curiosidad, la constancia y una mirada profundamente humana. Entre la materia trabajada y la vida vivida, Millet deja la imagen de una persona que ha hecho del tiempo, con todas sus dificultades y posibilidades, su principal material de trabajo.

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